
Nunca he sido una feminista política ni fanática de las fechas conmemorativas. Por eso cuando ayer leí por ahí que hoy se es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, hice lo que tantas veces: ponerme los audífonos y seguir en mi mundo de música.
Olvidé el tema todo el día hasta que por la noche, conversando con mis hijos, el mayor me contó, mitad enojado, mitad asombrado, que en Costa Rica, alrededor del 48% de las mujeres han sido víctimas de algún tipo de violencia o abuso sexual antes de los 15 años. "Mucho", respondí.... "Hemos", pensé para mí.
Cuando nos vemos ante la palabra violencia es común asociarla con golpes, moretones, armas, patadas y demás agresiones físicas. Y si hablamos de violencia sexual la imagen inmediata está asociada a sangre, penetración forzada y mucho morbo. Pero esto no es así, la definición de violencia es mucho más amplia... es ahí donde encontramos que esos recuerdos que duelen, esas veces que nos marcaron fueron un acto violento también.
Hay muchas formas de acceder al cuerpo de una mujer que son también una violación.
Hay errores que cometemos en la crianza de nuestros hijos por desconocimiento, arrastre o impotencia que también son una agresión, aún cuando sintamos que estamos haciendo lo mejor para ellos.
Y todo esto nos marca, física y sicológicamente y nos impide luego decir no, cuando debíamos hacerlo fuerte y claro... o nos hace sentir culpables cuando decidimos hacerlo.
La violencia no es asunto de víctimas mujeres exclusivamente, ni se recibe solo de los hombres. Entre nosotras hay mucha agresión solapada, falta de solidaridad y ausencia total de empatía. La violencia es la negación absoluta a los derechos humanos... de hombres, mujeres, niños, niñas, adolescentes...
Es este un tema lleno de aristas difíciles de explorar y consensuar, pero a fin de cuentas uno que no debemos evadir, por más que duela cuando toca escarbar dentro de nosotros mismos. Y un asunto que, para mí solo podrá resolverse cuando todos entendamos que tenemos, universalmente los mismos derechos y deberes mientras dure el tiquete de este tren que nos ha tocado abordar y en el cual, soy afortunada por mirar desde el balcón con serenidad y satisfacción las vías en las que muchas y muchos quedaron descarrilaron.







